“Entonces la mujer dejó su cántaro, y fue a la ciudad, y dijo a los hombres: Venid, ved a un hombre que me ha dicho todo cuanto he hecho. ¿No será éste el Cristo?”. Juan 4:28 y 29
Lectura: Juan 4:1-30
“Te presumo a mis perritos”, me dijo una compañera de la escuela con una sonrisa, tenía una foto en su mano extendida; sonreí también y tomé la foto. “Qué bonitos están”, dije. “¿Verdad que sí?”, respondió. Verdaderamente eran unos perritos muy bonitos, dignos de presumir; ella traía suficientes fotos para enseñarles a los demás, mientras que yo veía ésta y a todos les decía lo mismo: “Te presumo a mis perritos”. Creo que en verdad estaba convencida de la belleza de sus perritos y por eso “los presumía”. En el mundo hay personas que se jactan de todo tipo de maldad, que utilizan un leguaje lleno de malas palabras y sin tener ninguna vergüenza. Sin embargo, nosotros debemos reflexionar y preguntarnos: ¿No es Dios un Dios grande para que estemos orgullosos? Nuestro Dios es lo suficientemente grande y digno como para que se nos llene la boca al hablar de Él. Sin embargo, varias veces me he comportado como si mi Dios no fuera alguien digno de “presumir”, pareciera más bien que fuera al contrario. La mujer samaritana de nuestra lectura, en cambio, se convenció de que Jesús era el Cristo y le emocionó tanto, que salió a dar testimonio de ello a la ciudad. En la escuela formamos un grupo de creyentes que nos reunimos varios días a la semana en una de las plazas de la facultad, para tener un mensaje de la Palabra, compartir, cantar (a veces hay guitarra, a veces no, pero cuando no hay, cantamos comoquiera sin ella); deberían ver las miradas de la gente que va pasando, les parece tan raro y nos miran de tal forma, como si quisieran hacernos sentir pena, pero, ¿sabes qué pienso? Que si a Él no le dio vergüenza morir por alguien como yo, ¿por qué debía yo avergonzarme de Él? -RISP
“Por tanto, no te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor…”. -2ª de Timoteo 1:8ª